
Hace casi 10 años dejaba la ciudad de La Paz con la promesa de no volver nunca más.
La situación de indigencia me había afectado de tal modo, en ese momento particular, que abandoné la ciudad asqueado de tanta miseria y explotación...
Con el paso de los años aprendí que todo lugar merece una nueva oportunidad, y que la experiencia personal de cada uno no lo hace ni bueno ni malo. Solo lo hace.
Una curiosa situación sentimental, ayudó a decidirme en regresar a Argentina por Bolivia y no por Chile. Así fue como La Paz quedó automáticamente en el camino a casa.
A medida que recorría países en rumbo sur me iba cruzando con personas de distintas nacionalidades, incluso argentinas, que me contaban que los bolivianos son altaneros, soberbios y malos con el turista. Eso me preocupaba un poco.
Un día llegué a La Paz desde la frontera peruana de Desaguadero. Al arribar a El Alto (parte alta y más pobre de La Paz) Me encontré con otro mundo. Calles limpias, cholos y cholas calzados, gente en la calle riendo y todos felices con su presidente indio. Aymara. Y ahí comprendí todo. El indio no es mas sumiso en su tierra. Recuperó el orgullo y la potestad de mirar con cara de culo o de mandar a la mierda al que venga de otro lugar después de 500 años de esclavitud. Antes te respondían mirando al suelo. Ahora te miran a los ojos. Recuperaron la dignidad. Pasa que a muchos, aunque se hagan los "progres", les sigue molestando que un indio los mire a los ojos.
Me puse feliz. Hasta las lágrimas. Y festejé con ellos. La fortuna me puso en la fiesta del entierro del carnaval en Tiwanacu con mi incansable compañera itálica. Un éxito. Ahora estamos en Coroico. El mismo encanto de hace diez años. Mañana regresamos a la ciudad de La Paz. Y voy en paz. Ojalá pueda volver otra vez...
Duilio.


